La psicóloga Pilar Sordo, autora de 'Viva la diferencia', critica el actual estilo de educar de los padres, que confunden el ser padre cercano con ser padre-amigo. 'Gran parte de los problemas de nuestros hijos se debe a que a los padres se nos olvidó ser autoridad.
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Algo pasó con nuestra generación, la de los cuarenta. Parece que no nos gustó cómo nos educaron o, lo que puede ser peor, no supimos agradecer todo lo bueno que ésta tuvo. ¿Por qué, se preguntarán ustedes? Lo que pasa es que los adultos renegamos de la educación que nos dieron y decidimos cambiarla por completo.
Es como si hubiéramos dicho algo así: 'lo pasé tan re mal con mis padres estrictos; me faltaron tantas cosas cuando niño; tuve un padre tan complicado y distante, que yo no quiero que mis hijos pasen por lo mismo. Por eso yo, como papá y mamá, les voy a dar todo lo que pueda, porque quiero que ellos sean felices'.
Así nació una generación de padres distintos. Esto, además, apoyado por ciertas corrientes sicológicas que planteaban en forma errónea que los padres debían ser amigos de sus hijos. Esta frase tan internalizada en nuestra sociedad apunta - y lo quiero dejar en claro desde ya- a que los padres deben ser cálidos e incluso ser 'buena onda' con los hijos; lo que pasa es que tiene que privilegiarse el rol educador. Yo soy mamá y mi función es educar a mis hijos, y eso muchas veces es una pega agotadora en la que tengo que poner límites, tomar decisiones por ellos que muchas veces no les gustan, decir que no muchas veces al día, y mantener una consistencia educativa que traspase mis palabras, que esté amparada en los hechos.
Gran parte de los problemas que tienen nuestros hijos hoy, como la escasa motivación por los estudios, baja tolerancia a la frustración, la impaciencia y esta 'lata' generalizada, con una sensación de soledad inmensa, se debe a que a los padres se nos olvidó ser autoridad. Nosotros somos los que mandamos en la casa, nos guste o no; nosotros decidimos qué se come o no se come, por lo menos, la mayoría de las veces; nosotros decidimos si nuestros hijos van o no a ver a sus abuelos, porque si no, ellos no lo van a hacer por propia voluntad y, por lo tanto, van a crecer sin historia y sin valorar la experiencia.
Me toca ver cómo los papás han ido perdiendo el control sobre los hijos, y dicen cada vez más frecuentemente frases como: 'No sé qué hacer con mi hija', y cuando pregunto la edad, me entero de que tiene dos años y medio; yo no sé lo que pretenden hacer cuando la niña tenga quince años. También es frecuente escuchar a padres que les dicen a los profesores: Dígale usted que se corte el pelo, porque a mí no me va a hacer caso. O dicen: ¿Cómo lo obligo a hacer esto o aquello si no tiene ganas?
La razón de todo este modo de funcionamiento se debe a un sinnúmero de factores, entre los más importantes están: la tendencia generalizada a evitar cualquier tipo de conflicto. Con tal de no verle la cara larga a nuestro hijo somos capaces de hacer lo que él quiere. Evitamos los conflictos todo el día, según nosotros porque tenemos muchos problemas por fuera de nuestras casas como para tener adentro de ellas y, por lo mismo, transamos en lo único en lo que no debiéramos hacerlo: la educación de nuestros hijos.
Otra variable importante es nuestra eterna búsqueda del placer y, por lo tanto, la evitación del dolor. Esto es curioso porque seguramente usted, que está leyendo esta revista, no ha aprendido nada de la vida, por lo menos de lo importante, si no ha sido a través del dolor. Y, sin embargo, queremos que nuestros hijos aprendan de otra forma, cuando en el fondo de nosotros sabemos que no se puede. No hay fruto sin dolor.
Otro factor es el supuesto poco tiempo que pasamos con nuestros hijos. Digo supuesto porque, en realidad, si un papá tiene una hora para ver las noticias, tiene en realidad una hora para estar con sus hijos, lo que pasa es que prefirió ver las noticias. Si una mamá tiene una hora para ver las teleseries, tiene una hora para estar con sus hijos. Al final, es un tema de prioridades.
Pensemos, si somos bien honestos, que los microondas nos iban a servir para estar más con los que queríamos, y eso no ha ocurrido; las autopistas nos debían permitir estar más temprano en nuestras casas, y al final salimos más tarde de la pega porque sabemos que nos vamos a demorar menos. Así, nos seguimos mintiendo; nos quedó cómodo que los niños aparentemente estén 'entretenidos' con la tecnología; parece que nadie pelea en la casa y que nos llevamos todos bien, pero, por favor, pensemos en cuánto tiempo real estamos con ellos para ejercer nuestra autoridad y poder educarlos como debemos.
Una última variable en este fenómeno de no poder ser autoridad pasa por el concepto de felicidad, donde indudablemente ha ido cambiando por el 'tener'. Es como entender que la felicidad se compra y, por lo tanto, como nos sentimos culpables de dejar a nuestros niños solos, los hemos ido tapando de cosas que, por supuesto, no nos han hecho más felices. Esto los ha transformado en niños malagradecidos, insatisfechos, reclamos, y con la sensación de que por ahí no va la cosa.
Los Peligro de ser Papá Amigo
Publicado por
colegiocesarnegretv
on 10 dic 2009
Etiquetas:
El Peligro de ser Papá amigo
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